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sábado, 11 de febrero de 2017

'Amour' me mató de amor

'Amour', 2012

Qué cosa más triste y más bonita, me cago en mi vida. Leía hace unos meses la noticia del fallecimiento de Emmanuelle Rivas, y cómo todo el mundo la encumbraba por su papel en Amour. Entre eso y que supe que en la película también participa esa maravilla de la humanidad que es Isabelle Huppert (Elle, 2016), mi interés por ella creció hasta las nubes. Y algo me decía que la película iba a gustarme, desde luego -la premisa parecía muy interesante-, pero no podía imaginar que iba a dejar una impresión tan fuerte en mí. Porque otra cosa no, pero Amour es una película que te hace "sufrir" casi desde el comienzo. Pero no solo sufrir: también reflexionar.

Una de las primeras cosas en que me hace pensar Amour, vista en retrospectiva, es lo diferente que habría sido de ser una película estadounidense. En el cine gringo tienen tendencia a exteriorizar más los sentimientos, a recurrir más a las lágrimas, e incluso al discurso final "catártico" a lo Still Alice (2014) que hemos visto en tantísimas películas dramáticas. En el cine europeo, sin embargo, no se andan con tantos "efectismos". Vecinos y familiares no paran de repetir a Georges lo orgullosos que están de él, lo mucho que le admiran, pero todos esos halagos vacíos no significan nada para él... porque sabe que a la hora de la verdad, en esa lucha contra la enfermedad, están solo él mismo y su mujer, Anne. Nadie más. Ni siquiera su hija (aka la Huppert), que vive en Londres, entiende lo que es el día a día junto a una mujer que amas y que se desvanece más y más a cada minuto.

'Amour', 2012
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Es increíble lo mucho que cuenta Amour con tan pocas palabras. Lo mucho que dice con esas miradas silenciosas, con la forma en que Georges ayuda a Anne en su día a día, e incluso con ese terrible momento en que pierde la paciencia con ella y puedes ver el dolor en los ojos de ambos. Así es como Michael Haneke construye todo un "drama seco" (uno bueno, quiero decir, no como Julieta de Almodóvar jeje), donde sin necesidad de flashbacks tiernos ni jartás de llorar, apoyándose sobre todo en planos interiores del hogar, crea una historia de amor tan creíble e íntima que duele. Pero no solo de amor: una historia de fortaleza, de lealtad en sus peores momentos a la que ha sido la compañera de tu vida. Y aquí tanto Emmanuelle como Jean-Louis Trintignant están INMENSOS reflejando todas esas emociones, todo ese dolor, en hermosísimos gestos contenidos.

Puede ser una película deprimente de cojones, un tanto asfixiante, pero también es una película llena de belleza que habla con una honestidad excepcional sobre este tema, sin efectismos ni añadidos innecesarios; una película que nos habla de hasta dónde está dispuesto a llegar un hombre por amor. Pero basta ya de hablar de ella, que me emosiono y vuelvo a llorar. Corred a verla si no la conocéis, insensatos.

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